El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad es uno de los diagnósticos más frecuentes en la infancia y la adolescencia. Y también uno de los que más tarde llega, muchas veces porque sus señales se confunden con comportamientos que parecen normales para la edad.
Conocerlas no convierte a ningún padre o madre en experto. Pero sí puede ser la diferencia entre buscar orientación a tiempo o esperar años.
¿Qué es el TDAH?
El TDAH es una condición del neurodesarrollo que afecta la capacidad de mantener la atención, controlar los impulsos y regular la actividad motora. No es falta de voluntad ni de disciplina. Es una diferencia en cómo funciona el cerebro.
Existen tres presentaciones principales:
Presentación predominantemente inatenta: El niño o adolescente tiene dificultades para mantener el foco, se distrae fácilmente, olvida instrucciones y parece no escuchar cuando se le habla directamente. No necesariamente es hiperactivo.
Presentación predominantemente hiperactiva-impulsiva: Hay dificultad para estar quieto, tendencia a interrumpir, hablar en exceso y actuar sin pensar en las consecuencias.
Presentación combinada: Aparecen características de ambas categorías anteriores. Es la más frecuente en la práctica clínica.
Señales en niños en edad escolar
En niños de 6 a 12 años, algunas de las señales más comunes incluyen:
Dificultad para completar tareas, aunque las empiece con buena disposición. Los cuadernos quedan a la mitad. Los deberes se olvidan.
Errores por descuido frecuentes, que no tienen que ver con no saber la materia sino con no revisar lo que se hizo.
Evitar actividades que requieren esfuerzo mental sostenido, como leer o estudiar, prefiriendo actividades cortas y de recompensa inmediata.
Perder objetos con frecuencia. La agenda, el estuche, el delantal.
Dificultad para respetar turnos o seguir instrucciones de varios pasos.

Señales en adolescentes
En la adolescencia el TDAH puede verse diferente. La hiperactividad motora tiende a disminuir, pero aparecen otras señales:
Dificultad para organizarse y gestionar el tiempo, lo que se traduce en entregas de último momento o trabajos sin terminar.
Impulsividad en decisiones sociales: responder sin pensar, conflictos frecuentes con compañeros o adultos.
Baja tolerancia a la frustración y cambios de ánimo rápidos.
Dificultad para iniciar tareas, especialmente las que no generan interés inmediato, lo que puede confundirse con pereza o falta de motivación.
Problemas de autoestima derivados de años de compararse con pares que parecen funcionar mejor en contextos escolares.
Lo que no es TDAH
No todo niño inquieto tiene TDAH. No todo adolescente desorganizado tampoco. El diagnóstico requiere que las dificultades estén presentes en más de un contexto, que sean persistentes en el tiempo y que generen un impacto real en el funcionamiento cotidiano.
El diagnóstico lo realiza un profesional especializado: psicólogo o psiquiatra infantil, en base a evaluación clínica, antecedentes y en muchos casos pruebas específicas.
¿Cuándo buscar orientación?
Si varias de estas señales aparecen de forma consistente, en distintos contextos y desde hace más de seis meses, vale la pena consultar con un especialista. No para buscar una etiqueta, sino para entender mejor cómo funciona tu hijo o hija y qué herramientas pueden ayudarle.
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